Una pareja en un parque:
El joven muestra su dolor con lágrimas buscando los ojos de su indiferente muchacha, quien con la quijada elevada ve la lluvia que empieza a caer bajo diminutas gotas. Éste encuentro es común y trivial, que una pareja termine su extinto amor en un parque; pero también tiene un sabor abrumador, bajo la mirada de transeúntes curiosos, quienes se ganan el espectáculo en silencio y siendo cómplices anónimos.
La indiferencia de la mujer cala la misma atmósfera.
Toda despedida pronostica futuros encuentros; pero hay un miedo por no saber qué viene o quiénes vienen y viendo sus rostros entendí mucha inexperiencia.
Los jóvenes quedaron atrás. Caminar con los ojos vendados, es una ley que los transeúntes cumplimos. Cada mañana todos nos posicionamos en la sombra de alguien, de ahí llegamos a no significar siquiera una mínima de lo que significamos. Las mismas evocaciones que, tal vez, en un inicio nos causaron sobresaltos como una descarga irán a convertirse en un recuerdo vago, pasajero y obsoleto.
En este transcurso, pasa lo que se puede mencionar con una metáfora: “El correr de aguas bajo el puente”. Transcurrirá mucha o poca, como el tiempo, dependiendo del cauce de vida que tomaremos o tenemos. Para cuando al encontrase apenas tengan rastro de luz en los ojos de lo que fueron.
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